martes, 6 de agosto de 2013

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Cerca del sector el Inca en el norte de Quito vive, Dorcy López Estacio, abuela del Chucho Benítez. Ella lo crió desde pequeño pues él no vivió con su padre.
“Yo lo llevé al Chucho a los 14 días de nacido a Esmeraldas. Después regresó a Quito a vivir con su madre, hace algo más de 15 años ella decidió viajar a Italia a buscar mejores días para su hijo” cuenta con tristeza la señora.
A partir de esto, Doña Dorcy se hizo cargo del Chucho. Abuela y nieto vivieron en una casa ubicada en el popular barrio de San Bartolo al sur de Quito. En este sector se crió el Chucho junto a los muchachos del lugar.
La abuela del Christian recuerda lo juguetón que era su nieto que andaba con su pelota de fútbol a todas partes. Ella explica que aunque estuvo en colegios como el Spellman y el Abdón Calderón los estudios no eran su fuerte.
La madre del Chucho lo llevó a El Nacional cuando tenía diez años y su sueño se hizo realidad. Se convirtió en figura del Equipo Criollo. Su abuela dice que cuando estaba a punto de viajar a México la sorprendió con la noticia de que se iba a casar y precisamente con la hija de uno de sus excompañeros de equipo, Kléver Chalá.






Joven, fuerte, aguerrido, acostumbrado a los grandes retos, con garras de campeón.  ¿Quien podría pensar que enfrentaría la muerte en la plenitud de su carrera y dejaría al fútbol mundial y a la selección ecuatoriana sin uno de sus más destacados jugadores?

Pero la vida es así.  Christian –Chucho-  Benítez ya no está.  Esta madrugada debió jugar su último partido, entre la vida y la muerte, para enfrentarse a una suprema verdad.
Falleció  en Qatar, a los 27 años de edad.  Su partida ha causado  gran conmoción, no sólo por lo que representó en el deporte, sino por su condición humana.
Chucho ya no estará físicamente en la cancha, pero su nombre quedó inmortalizado con la denominación dada al estadio  de la selección ecuatoriana de fútbol y con su espíritu guerrero compitiendo siempre en  equipo.
Su temprano deceso sólo trae a la mente  lo transitorio del ser humano en la tierra y la importancia de dejar un legado de amor, de solidaridad, de respeto, de honor, que perdurará siempre en el recuerdo.
Una apendicitis que desencadenó en una peritonitis y en un posterior paro cardíaco, ocasionaron la  muerte de Chucho Benítez en una clínica de Qatar.
El país y el mundo lamentan su muerte.  Cuando lleguen sus restos que están siendo traídos a Ecuador por familiares, compañeros y amigos desplazados hacia Qatar, recibirá la gran ovación de su tierra natal.
Su alegría, su compañerismo y su garra demostrada en El Nacional, que lo catapultó en su carrera;  en sus dos copas de América;  en sus tres eliminatorias mundialistas, en los octavos de final del mundial de Alemania; en el América de México que lo coronó campeón y su breve tránsito por El Jaish Sport Club en Qatar, lo ubican entre los grandes del deporte.
Pero el mayor recuerdo lo llevarán su esposa Lysseth,  sus hijos Emily y Cristiano.,  sus familiares, compañeros y amigos que compartieron de cerca su alegría y los hinchas que disfrutaron de sus goles, alegrías y jugadas.

Esta madrugada aterrizó en Ecuador

Christian “Chucho” Benítez padecía de un fallo cardíaco congénito que provocó el infarto que le costó la vida hace cuatro días en Qatar, dijeron el viernes dirigentes de la federación ecuatoriana de fútbol, tras la llegada a Quito de los restos mortales del destacado goleador.
El médico de la selección ecuatoriana, Patricio Maldonado, explicó que en la madrugada del viernes se realizó una segunda autopsia al cuerpo de Benítez, que duró dos horas y media, que reveló que "el cadáver presentaba signos de una muerte súbita" derivada de problemas congénitos y arteriales, indicó The Associated Press.
Maldonado señaló que estos problemas "no se pueden detectar ni con exámenes muy sofisticados. Quiero recordarles que 'Chucho' Benítez ha pasado por muchos clubes, en los cuales han sido fundamentales los chequeos médicos... pero este problema no se detecta sino post mortem".
"La ciencia médica no alcanza a cubrir el 100%, y nos quedamos nosotros con cosas dolorosas como esta", agregó.
El presidente de la federación ecuatoriana de fútbol, Luis Chiriboga, poco antes había manifestado que Benítez "tenía una dolencia en la arteria coronaria, que sólo se podía descubrir después de muerto, con la autopsia".
El delantero de 27 años falleció el lunes de un paro cardiorrespiratorio en Catar, donde jugaba con el club El Jaish.
La primera autopsia se realizó en Qatar y confirmó que la muerte fue por un infarto. Chiriboga dijo que el cuerpo fue enviado completo a Ecuador, lo que permitió realizar la segunda autopsia.
En tanto, miles de personas desfilaban ante el féretro del jugador, ubicado en el coliseo Rumiñahui de la capital, para rendirle un tributo uno de los máximos ídolos del fútbol ecuatoriano. El cadáver del goleador arribó en la madrugada del viernes luego de un viaje de unas 20 horas desde Doha.
Autoridades deportivas, futbolistas y fanáticos se congregaron ante el ataúd de Benítez en el coliseo, a donde ingresó cargado por su padre Ermen, su suegro Cléver Chalá, otros familiares y amigos. Al inicio del sepelio se produjeron emotivas escenas de familiares y fanáticos que lloraban desconsoladamente ante el féretro.
En la ruta entre el aeropuerto y esta capital, cientos de personas se congregaron al costado de la ruta con banderas y con camisetas de la selección, a pesar de la temprana hora de la madrugada, para saludar el paso de la caravana que transportaba los restos, e incluso en una pequeña población denominado El Arenal, los fanáticos lanzaron al cortejo fúnebre abundantes pétalos de rosas blancas que quedaron en la vía.

¿Por qué la muerte de Benítez ha movilizado al país, en todas sus geografías reales y mágicas? Es como si se hubiese producido una pérdida catastrófica que con-mueve lo cotidiano, la casa puertas adentro, el dormir y el pensar, el hablar y el esperar, la calle y la ciudad, el barrio y la escuela, el templo y el estadio, la cárcel y la casa de la Justicia. Parecería que nada ha quedado incólume. Estaciones de radio han transmitido minuto a minuto los procesos del retorno de los restos mortales, su arribo a los aeropuertos de fuera y al del país. Los medios han estado en el segundo y en el milímetro de los acontecimientos para que su público esté bien informado, pues nadie podía perder ese algo de la representación porque habría sido infiel a sí mismo, a la patria. Y la capilla ardiente y el desfile permanente, infinito, de los admiradores, fieles devotos, que lo miran, derraman lágrimas, rezan y se despiden como si el Chucho hubiese sido el representante de todos y de cada uno. El rito de la muerte y de una resurrección que eterniza al Chucho que quedará para siempre anclado a los anales de la ciudad, del pueblo, de los estadios, de las casa. Se escribe una biografía de ocasión y la gente la compra casi como un libro de oraciones para rezarlo, para invocarlo, para entronizarlo en la memoria de una vez por todas, para convertirlo en historia, en historia personal y del país. En ese rito, nada es supernumerario, todo es igualmente grande, desde la presencia del humilde voceador de periódicos hasta la presencia del presidente de la república. No ha fallecido el futbolista de la selección nacional sino el héroe nacional. Cualquiera podría preguntarse si la presencia del Chucho era realmente tan importante, tan conocida y reconocida, tan sostenedora de la identidad futbolera del país. Luego de cada acto ceremonial, lo que queda es precisamente esa pregunta sobre el porqué y el cómo la súbita muerte de un personaje como el Chucho es capaz de mover el sentido de nacionalidad, hacer que brote una suerte de unidad nacional que no aparece sino en estas circunstancias. La vida cotidiana, en efecto, se desarrolla en una rutina casi amorfa, en una rutina que no se conmueve y que, por lo mismo, necesita que algo produzca un remesón a la conciencia adormilada de las personas, de los grupos, de los pueblos. País sin héroes.

La muerte del Chucho ha sido el aglutinador de la conciencia de pertenencia, de esa conciencia de país y de patria que no siempre actúa y que incluso permanece demasiado adormilada en los vericuetos de una cotidianidad dejada llevar por la repetición de los actos, por la presencia de los mismos problemas o por la imposición de las mismas quejas. Lo enterramos y quizás en la tumba depositamos también el ramo rojo de esa unidad y de esa fraternidad brotadas a borbotones en una semana de duelo y de exaltaciones. Mañana será el pasado.

IMAGEN.
 
    

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Cerca del sector el Inca en el norte de Quito vive, Dorcy López Estacio, abuela del Chucho Benítez. Ella lo crió desde pequeño pues él no vivió con su padre.
“Yo lo llevé al Chucho a los 14 días de nacido a Esmeraldas. Después regresó a Quito a vivir con su madre, hace algo más de 15 años ella decidió viajar a Italia a buscar mejores días para su hijo” cuenta con tristeza la señora.
A partir de esto, Doña Dorcy se hizo cargo del Chucho. Abuela y nieto vivieron en una casa ubicada en el popular barrio de San Bartolo al sur de Quito. En este sector se crió el Chucho junto a los muchachos del lugar.
La abuela del Christian recuerda lo juguetón que era su nieto que andaba con su pelota de fútbol a todas partes. Ella explica que aunque estuvo en colegios como el Spellman y el Abdón Calderón los estudios no eran su fuerte.
La madre del Chucho lo llevó a El Nacional cuando tenía diez años y su sueño se hizo realidad. Se convirtió en figura del Equipo Criollo. Su abuela dice que cuando estaba a punto de viajar a México la sorprendió con la noticia de que se iba a casar y precisamente con la hija de uno de sus excompañeros de equipo, Kléver Chalá.






Joven, fuerte, aguerrido, acostumbrado a los grandes retos, con garras de campeón.  ¿Quien podría pensar que enfrentaría la muerte en la plenitud de su carrera y dejaría al fútbol mundial y a la selección ecuatoriana sin uno de sus más destacados jugadores?

Pero la vida es así.  Christian –Chucho-  Benítez ya no está.  Esta madrugada debió jugar su último partido, entre la vida y la muerte, para enfrentarse a una suprema verdad.
Falleció  en Qatar, a los 27 años de edad.  Su partida ha causado  gran conmoción, no sólo por lo que representó en el deporte, sino por su condición humana.
Chucho ya no estará físicamente en la cancha, pero su nombre quedó inmortalizado con la denominación dada al estadio  de la selección ecuatoriana de fútbol y con su espíritu guerrero compitiendo siempre en  equipo.
Su temprano deceso sólo trae a la mente  lo transitorio del ser humano en la tierra y la importancia de dejar un legado de amor, de solidaridad, de respeto, de honor, que perdurará siempre en el recuerdo.
Una apendicitis que desencadenó en una peritonitis y en un posterior paro cardíaco, ocasionaron la  muerte de Chucho Benítez en una clínica de Qatar.
El país y el mundo lamentan su muerte.  Cuando lleguen sus restos que están siendo traídos a Ecuador por familiares, compañeros y amigos desplazados hacia Qatar, recibirá la gran ovación de su tierra natal.
Su alegría, su compañerismo y su garra demostrada en El Nacional, que lo catapultó en su carrera;  en sus dos copas de América;  en sus tres eliminatorias mundialistas, en los octavos de final del mundial de Alemania; en el América de México que lo coronó campeón y su breve tránsito por El Jaish Sport Club en Qatar, lo ubican entre los grandes del deporte.
Pero el mayor recuerdo lo llevarán su esposa Lysseth,  sus hijos Emily y Cristiano.,  sus familiares, compañeros y amigos que compartieron de cerca su alegría y los hinchas que disfrutaron de sus goles, alegrías y jugadas.

Esta madrugada aterrizó en Ecuador

Christian “Chucho” Benítez padecía de un fallo cardíaco congénito que provocó el infarto que le costó la vida hace cuatro días en Qatar, dijeron el viernes dirigentes de la federación ecuatoriana de fútbol, tras la llegada a Quito de los restos mortales del destacado goleador.
El médico de la selección ecuatoriana, Patricio Maldonado, explicó que en la madrugada del viernes se realizó una segunda autopsia al cuerpo de Benítez, que duró dos horas y media, que reveló que "el cadáver presentaba signos de una muerte súbita" derivada de problemas congénitos y arteriales, indicó The Associated Press.
Maldonado señaló que estos problemas "no se pueden detectar ni con exámenes muy sofisticados. Quiero recordarles que 'Chucho' Benítez ha pasado por muchos clubes, en los cuales han sido fundamentales los chequeos médicos... pero este problema no se detecta sino post mortem".
"La ciencia médica no alcanza a cubrir el 100%, y nos quedamos nosotros con cosas dolorosas como esta", agregó.
El presidente de la federación ecuatoriana de fútbol, Luis Chiriboga, poco antes había manifestado que Benítez "tenía una dolencia en la arteria coronaria, que sólo se podía descubrir después de muerto, con la autopsia".
El delantero de 27 años falleció el lunes de un paro cardiorrespiratorio en Catar, donde jugaba con el club El Jaish.
La primera autopsia se realizó en Qatar y confirmó que la muerte fue por un infarto. Chiriboga dijo que el cuerpo fue enviado completo a Ecuador, lo que permitió realizar la segunda autopsia.
En tanto, miles de personas desfilaban ante el féretro del jugador, ubicado en el coliseo Rumiñahui de la capital, para rendirle un tributo uno de los máximos ídolos del fútbol ecuatoriano. El cadáver del goleador arribó en la madrugada del viernes luego de un viaje de unas 20 horas desde Doha.
Autoridades deportivas, futbolistas y fanáticos se congregaron ante el ataúd de Benítez en el coliseo, a donde ingresó cargado por su padre Ermen, su suegro Cléver Chalá, otros familiares y amigos. Al inicio del sepelio se produjeron emotivas escenas de familiares y fanáticos que lloraban desconsoladamente ante el féretro.
En la ruta entre el aeropuerto y esta capital, cientos de personas se congregaron al costado de la ruta con banderas y con camisetas de la selección, a pesar de la temprana hora de la madrugada, para saludar el paso de la caravana que transportaba los restos, e incluso en una pequeña población denominado El Arenal, los fanáticos lanzaron al cortejo fúnebre abundantes pétalos de rosas blancas que quedaron en la vía.

¿Por qué la muerte de Benítez ha movilizado al país, en todas sus geografías reales y mágicas? Es como si se hubiese producido una pérdida catastrófica que con-mueve lo cotidiano, la casa puertas adentro, el dormir y el pensar, el hablar y el esperar, la calle y la ciudad, el barrio y la escuela, el templo y el estadio, la cárcel y la casa de la Justicia. Parecería que nada ha quedado incólume. Estaciones de radio han transmitido minuto a minuto los procesos del retorno de los restos mortales, su arribo a los aeropuertos de fuera y al del país. Los medios han estado en el segundo y en el milímetro de los acontecimientos para que su público esté bien informado, pues nadie podía perder ese algo de la representación porque habría sido infiel a sí mismo, a la patria. Y la capilla ardiente y el desfile permanente, infinito, de los admiradores, fieles devotos, que lo miran, derraman lágrimas, rezan y se despiden como si el Chucho hubiese sido el representante de todos y de cada uno. El rito de la muerte y de una resurrección que eterniza al Chucho que quedará para siempre anclado a los anales de la ciudad, del pueblo, de los estadios, de las casa. Se escribe una biografía de ocasión y la gente la compra casi como un libro de oraciones para rezarlo, para invocarlo, para entronizarlo en la memoria de una vez por todas, para convertirlo en historia, en historia personal y del país. En ese rito, nada es supernumerario, todo es igualmente grande, desde la presencia del humilde voceador de periódicos hasta la presencia del presidente de la república. No ha fallecido el futbolista de la selección nacional sino el héroe nacional. Cualquiera podría preguntarse si la presencia del Chucho era realmente tan importante, tan conocida y reconocida, tan sostenedora de la identidad futbolera del país. Luego de cada acto ceremonial, lo que queda es precisamente esa pregunta sobre el porqué y el cómo la súbita muerte de un personaje como el Chucho es capaz de mover el sentido de nacionalidad, hacer que brote una suerte de unidad nacional que no aparece sino en estas circunstancias. La vida cotidiana, en efecto, se desarrolla en una rutina casi amorfa, en una rutina que no se conmueve y que, por lo mismo, necesita que algo produzca un remesón a la conciencia adormilada de las personas, de los grupos, de los pueblos. País sin héroes.

La muerte del Chucho ha sido el aglutinador de la conciencia de pertenencia, de esa conciencia de país y de patria que no siempre actúa y que incluso permanece demasiado adormilada en los vericuetos de una cotidianidad dejada llevar por la repetición de los actos, por la presencia de los mismos problemas o por la imposición de las mismas quejas. Lo enterramos y quizás en la tumba depositamos también el ramo rojo de esa unidad y de esa fraternidad brotadas a borbotones en una semana de duelo y de exaltaciones. Mañana será el pasado.

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